Parece que de dónde venimos, hay ciertas cosas que no tienen nombre.
No se dicen, no se preguntan, no se contestan.
No se atienden, no se cuestionan, no se celebran.
¿Qué sucede cuando todo aquello, que a muchxs de nosotrxs nos toca de cerca, cotidianamente, no se nombra?
¿Existe realmente lo que queda a la vera de las cosas que tienen un nombre?
Parecen preguntas de antaño, estas a las que hacemos referencia; parece realmente, que contestarlas le pertenece a otrxs de otros tiempos. Parece que alguna vez, alguien tuvo que hacerse cargo de contestar todo aquello a lo que nuestras vidas le vienen a dar entidad.
Sí.
Existió gente que cargó en sus espaldas el peso de nombrar y ser nombrados.
Existió gente que con ese peso tuvo que hacerse un espacio en el frío, entre tanto, tanto caretaje, tanta crueldad, hubo personas aún allí.
Y es que en este frío, quien no se mueve, se escarcha, se congela al descuido de la incertidumbre.
¡Ay! Incertidumbre, sí, es que parece que a lo largo de nuestras vidas, nadie ha tenido que caminar con ese peso, para amortiguarnoslo.
Incertidumbre otra vez, cuando nos preguntamos en qué área municipal se encuentran nuestros nombres. En qué espacio de este estado se encuentran respuestas a nuestras necesidades y deseos. En qué lugar de todo este pueblo austral, existe un espacio que nos de la seguridad de ser parte de algo más grande que nuestros anhelos más calientes.
En qué cama reposaremos junto a una persona que nos pide discreción porque sino, no se acuesta con nosotrxs.
Hablo por mí, pero siento que hablo por muchxs otrxs (aunque no quiera, aunque no sea mi intención) cuando digo que sentí muchas veces que mi único lugar en este pueblo era ser el blanco de las supuestas perversiones de quienes sí encuentran un espacio de calor. El nuestro.
Resulta que sí, que han habido otros, otras, y otres que han tenido que, con toda la dureza que supone, con todo el desparpajo o el secreto con el que han podido moverse, cargar con el peso de todas nuestras vidas.
Si parece ayer que escuchaba chistes en referencia al puto más puto de este pueblo. Si parece ayer, que la más lesbiana de las lesbianas, que la más trava de las travas, que el más brilloso de los brillosos ha sido blanco de mi disgusto por hacer lugar a los disgustos de otros.
Me salgo un momento de mi escrito para, sí estás leyendo esto, pedirte que ejercites la memoria, ese trabajo que a lo largo de nuestra historia, ciertas madres y abuelas nos han enseñado a ejercitar para poder conformar la identidad misma. Y sugiero una pregunta, una muy sencilla: ¿Quiénes han sido, a lo largo de tu vida, las identidades marikas que te han dado pìe a entender que tus deseos no eran perversiones, o que si lo eran , no tenían nada de diferente en cuanto a las perversiones de los hombres que se acuestan con mujeres o de las mujeres que se acuestan con hombres?
¿Se te ocurren algunos nombres?
Te pido ahora, que pienses si alguno de esos nombres pertenece a alguien de este pueblo, si pertenece a alguien de tu familia, de tu grupo de amigos, de tu cotidiano.
¿No es un poquito más difícil?
A mí, hoy, se me ocurren algunos nombres:
Angie,
Mario,
Tito,
Candy,
Alan,
Sofi,
Daniel,
Esta primera edición está dedicada a todxs aquellos que tuvieron que cargar en sus hombros, el peso de ser para poder ser nosotrxs.
El problema está en el tiempo que ha tomado y seguirá tomando poder reconocer a quienes lucharon por ser reconocidos como tales. Hoy es fácil decir que muchxs han tenido que ocupar espacios para poder hacerlo nosotrxs también. Hoy es fácil reconocer a todxs aquellxs de quienes nos hemos burlado descaradamente a lo largo de nuestros años por no ser un blanco más, para poder pasar desapercibidxs, para que al otrx no le resulte rara ninguna de nuestras interacciones, para que no sospeche.
Yo no creo que haya sido un problema solamente mío tener que esconder -en el centro, en la escuela, en cualquier actividad, en el boliche, en mi casa- mis verdaderas formas porque me hubiera sentido en peligro si otrxs las veían,
¿No hubiera sido más simple nombrar algo que ya tenía nombre?
Yo creo que fuimos un montón, lxs que no queríamos llamar la atención, para que no se hable de nosotrxs en cada espacio que habitamos.
Ahora, te pido que pienses:
¿Tuviste alguna vez que declarar, como si de un juicio se tratara, que te gustaba algo que no era “normal” que te gustase?
¿Hubo alguna persona a la que sentiste la seguridad de decirle qué te gustaba?
¿Hubo seguridad por tu forma de ser, por la forma de ser del otrx, o por qué?
Bueno, ahí, y justo ahí, es donde se ponen en juego nuestras referencias: ¿No hubiera sido más fácil sentir que no hacíamos nada malo si hubiésemos podido ver a nuestro alrededor a otrxs que habían dado ese paso antes?
¿No hubiera sido más fácil y menos traumático saber que nuestros deseos no estaban desviados?
Quizá no, quizá sí, pero: ¿cómo saberlo?
Desde acá, a aquellxs que nos han alivianado el camino: ETERNAS GRACIAS Y PERDÓN.
Yo me disculpo, porque aún si no fui quien me reía, fuí quien dejaba que se rieran otrxs.
Porque aún si no les dificultaba la vida. Miraba como otrxs lo hacían.
Porque aún si no hablaba, dejaba que otrxs hablen.
La importancia de nombrar lo que debe ser nombrado, es darle existencia.
La importancia de tener referencias a las que acudir, es la de sentir que no teníamos que crear un respeto allí donde sentíamos que no lo había. De saber que mi lugar ya era mío y punto.
Esperamos de esta forma, hacerles saber, que si aún hoy seguís sin encontrarlas, seamos nosotrxs mismxs quienes le demos entidad a lo que necesitamos hacer existir para sentir algún alivio, alguna ternura, alguna resolana.
Tenemos la esperanza de poder ser una comunidad en la que sepamos que hay otrxs que caminaron antes, que hay otrxs, que supieron hacerse nombrar, para que nuestro nombre exista.
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